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Escrito por Daniela Ortiz de la Peña
en enero 16, 2017

Me convertí en enfermera y partera mucho antes de convertirme en madre y hoy puedo afirmar que en definitiva esta última experiencia me ha enseñado mucho más que cualquier cátedra recibida en un aula u hospital.

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Durante mi formación académica me enamoré, por supuesto, de la obstetricia,
la cual se ocupa de todos los procesos físicos y emocionales que conlleva convertirse en madre. A lo largo de los años, ha llamado mi atención de manera especial el impacto social de lograr una maternidad saludable. Noción que se define como el logro de formar un vínculo amoroso tan fuerte y sólido entre madre e hijo capaz de transformar mediante el amor todo a su alrededor.

Yo comprendía que en el proceso de devenir madre, como dice Laura Gutman, es necesario reconocer la “fusión emocional” entre la madre y su bebé. Es decir, que las mamás sentimos como bebés y los bebés sienten como su mamá.

Por mi parte, durante mucho tiempo creía entender los argumentos por los que una mujer se decidía por la lactancia artificial. Bajo mi entendimiento tan pobre (limitado a la teoría) cualquier motivo dado era inadmisible, pues tenía muy claro que “toda mujer puede y debería amamantar a sus hijos”. Al final, toda esa teoría no valió de nada cuando experimenté lo que realmente es vivir en cuerpo y alma el proceso de fusión emocional mamá-bebé, y cómo puede influir en el éxito de la lactancia.870deb94c09e7317a928c15b2a2a4e0a.jpg

Hace 4 años tuve a mi primer hijo, Pablo. Jamás pensé en la lactancia como algo en lo que debiera ocuparme o preocuparme, estaba segura de que podía amamantar. Recuerdo muy bien cuando tomé en mis brazos a mí bebé por primera vez y lo acerqué a mi pecho. Él simplemente no lograba succionar. Lo intenté una y otra vez, ¡no podía creerlo! Y tampoco quería rendirme, así que insistí. Sin embargo, las fuerzas físicas y emocionales no me dieron para más. Acepté que le dieran una toma de fórmula. Estaba totalmente consternada, ¿cómo podía yo darle a mi hijo un alimento que no fuera aquel que mi propio cuerpo fabricaba especialmente para él?

Así pasaron los días y las semanas, intentando una y otra vez, pero nunca hubo resultados. Totalmente desilucionada de la lactancia y de mí misma, tomé consejos de varias asesoras de lactancia y utilicé muchos “instrumentos”: pezoneras, jeringas, sondas, relactadores, extractor. Y nada...

Debía extraerme la leche cada dos o tres horas para no perder la producción, el problema era que Pablo tomaba el pecho pero no de manera correcta, así que sucedian dos cosas: él no obtenía lo que necesitaba  y yo sentía grietas de dolor que me hacían desear que no llegara nuevamente el momento de amamantar. La leche extraída debía ofrecérsela con una sonda, jeringa o vaso para evitar el biberón y así no ocasionarle más confusión con la succión. Así transcurrieron 3 semanas me sentía al límite de mis fuerzas y de mi capacidad.

El problema empeoró, pues mi hijo dejó de tomar leche de mi pecho. Me entristecía que él “no quisiera” estar cerca de mí, pero también me hacía enojar. ¿Por qué me rechaza? Yo hacía mi mejor esfuerzo pero él sólo lloraba desconsolado. No lograba entenderlo. Recurrimos al mismo método, dándole leche extraída y complementando con fórmula, intentando que volviera a succionar de mi pecho. ¿Qué era lo que estaba pasando? ¿por qué sentía tanto dolor? ¿por qué algo que debería ser gozoso, causaba tanto sufrimiento?

Tantas preguntas y emociones me llevaron a abrazar a mi hijo y llorar con él. De esta manera, llorando y “sintiendo como bebé” me vi reflejada en mi hijo. Como una niña de nuevo, con mis carencias, con mis sentimientos de niña, entonces entendí. Él estaba viviendo como propias mis experiencias de la infancia, por eso su cuerpo manifestaba físicamente lo que en realidad provenía de una raíz más profunda. Fue entonces cuando empecé a hablarle de mis sentimientos, de mis miedos, de mi amor hacia él. Sobre todo le dije que esos sentimientos de dolor eran míos, que él no tenía que cuidar de mí, al contrario, yo debía cuidarlo a él. Pablo sólo tenía que dedicarse a ser un bebé que ama y es amado.mama.jpg

Las cosas siguieron siendo poco fáciles para nosotros. A pesar de ello, una vez que identifiqué el principal obstáculo, me sentía fortalecida para continuar. Decidimos empezar de cero: mucho contacto físico, siempre estaba cerca de mi bebé para producir mucha oxitocina. Pronto la leche y el amor entre nosotros empezó a fluir.  Un buen día, él se reencontró nuevamente con el pecho y descubrió el placer y el amor al succionar directo de él. Continuamos hasta los 4 meses trabajando duro y manteniéndo el mismo proceso, pero con otra actitud. Veía mis esfuerzos como un medio para conseguir el tan deseado objetivo: lactancia materna exclusiva.

Cuando Pablo tenía 4 meses se enfermó de las vías respiratorias y no quería más que estar pegado todo el tiempo al pecho, y en su natural sabiduría nunca más aceptó el complemento de fórmula. Aún con todas dudas y miedos, escuché a mi hijo y a mi sabiduría de madre: lo tuve pegado a mí día y noche succionando para aumentar la producción. Transcurrió un mes de la misma manera, hasta que porfin pude dejar las extracciones y el relactador, apenas podía creerlo ¡no más extracciones! Pablo continuó subiendo de peso ¡Lo habíamos logrado! Con el tiempo, poco antes de cumplir sus tres años se dio el destete de manera progresiva, respetuosa y amorosa.

Lo que aprendí  con ésta experiencia no se compara con ninguna cátedra sobre lactancia. Vivirla de esta forma me ha permitido comprender de manera más plena mi maternidad, y también acompañar a las mujeres con otra mirada, con un profundo respeto y sororidad hacia su proceso de maternidad.

Sí, es verdad que todas las mujeres podemos amamantar; sin embargo, precisamente, por ser un acto de amor debe ser voluntario. Más aún, debe ser siempre acompañado por la experiencia de otras mujeres. No basta con dar “información técnica” sobre la lactancia, además es necesario estar con ellas en la transición hacia la maternidad.

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