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Escrito por Arón Bitrán
en septiembre 14, 2020

El Cuarteto Latinoamericano, en vísperas de cumplir 40 años de actividad ininterrumpida, ha ido forjando a lo largo de estos años un camino que permanecía inédito en nuestro medio musical. En efecto, hasta el surgimiento de este grupo, ningún ensamble de cámara de nuestro país había estado integrado por músicos que renunciaran a su pertenencia a orquestas sinfónicas o a otras agrupaciones musicales y se dedicaran de tiempo completo, y de manera casi exclusiva, a un ensamble de cámara. Al mismo tiempo, ningún grupo nacional había logrado una proyección internacional tan clara y significativa.

De hecho, el que cuatro instrumentistas de cuerdas decidan integrarse de manera permanente como cuarteto e intenten realizar una carrera profesional de tiempo completo dentro de la agrupación, viviendo de los conciertos, giras y grabaciones, es un fenómeno relativamente nuevo, que data de principios del siglo XX.

Algunos de los grupos que alcanzaron notoriedad internacional en la primera mitad del siglo fueron el Cuarteto Amadeus de Inglaterra y el Cuarteto Lener, con músicos húngaros que, para nuestra fortuna, se refugiaron en México después de la II Guerra Mundial. En la segunda mitad del siglo y de este lado del Atlántico, se pueden mencionar a los cuartetos Juilliard y Guarneri, entre otros. Pero se puede decir que, a nivel internacional, hoy en día no hay más de 50 cuartetos protagonizando la “primera división” de este particular circuito.

Históricamente hablando, a la ejecución del cuarteto de cuerdas se le ha definido durante su ya larga vida de maneras muy diversas. Haydn la describió de manera poética como “una conversación inteligente entre amigos”. En el medio de los músicos que nos dedicamos a tocar cuartetos circula otra definición: “un matrimonio, pero de cuatro”.

Quizás una definición que podría acercarse a la esencia de un cuarteto de cuerdas sea la de “una democracia perfecta”. Cuatro individuos con personalidades, actitudes e ideas a veces radicalmente diferentes, comparten en la misma medida la responsabilidad de encontrar una salida negociada a una serie de problemas de índoles diversas: musicales, de convivencia, económicos, entre otros, sin que exista un jefe y, de preferencia, sin recurrir con demasiada frecuencia a las votaciones, puesto que incluso este mecanismo falla, por la alta probabilidad de un empate de dos votos a dos, que dejaría el problema sin solución. Es decir, encontrar un consenso se vuelve algo imprescindible.

Sin embargo, un mecanismo de negociación para llegar a este necesario consenso, similar al que ocurre en otros ámbitos –como el de la política, por ejemplo- es impensable en un cuarteto, dado que estos mecanismos suelen implicar reducción. En la política, por lo general, las minorías perdedoras en una elección se vuelven oposición. Un concierto de cuarteto en el cual uno de los integrantes tocara desde la oposición resultaría, además de cómico, impensable.

En la música –quizás en el arte en general-, la búsqueda de un denominador común suele resultar catastrófica o, cuando menos, neutralizadora de la fuerza del mensaje artístico. La suma de las diferencias, las tensiones dialécticas que se generan y la continua dinámica que produce el frágil equilibrio de tantas fuerzas son precisamente las que hacen que un cuarteto de cuerdas sea una agrupación tan rica; un todo que es mucho más que la suma de cuatro buenos músicos. Toda la tensión, el cariño, las diferencias y empatía que hay entre los cuatro músicos, más todo el bagaje emocional y las vivencias que aporta cada uno, hacen que cuatro instrumentos puedan sonar como uno cuando se requiere y –algo más maravilloso- que el instrumento colectivo jamás deje de ser la voz de cuatro individuos. Es la distancia entre estos dos polos las que los cuartetistas recorremos en cada ensayo y en cada concierto, regidos siempre por la motivación artística por sobre todas las cosas.

Al estar sujeto el éxito de nuestro trabajo a nuestra propia capacidad de gestión; al no existir un jefe, una rutina, un programa de trabajo impuesto desde fuera ni una rendición de cuentas más que a nosotros mismos, la única manera de mantener la cohesión y motivación del grupo es mediante la entrega absoluta y plena que cada miembro hace de lo mejor de sí mismo al cuarteto. La búsqueda de la excelencia artística se vuelve una forma de vida y, además, resulta adictiva. Nada nos molesta más que tocar un concierto por debajo de nuestro potencial; nada nos preocupa más que nuestra propia crítica al cabo de una presentación. En el Cuarteto Latinoamericano estamos conscientes de que el privilegio que implica ser independientes y amos de nuestra vida profesional debemos defenderlo en cada concierto, en cada clase o en cada nueva grabación.

Arón Bitrán

Violinista fundador del Cuarteto Latinoamericano y profesor de Música de Cámara en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Panamericana.

Cuarteto y democracia 1

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