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Escrito por Verónica Anayansi Miranda Barrera
en febrero 18, 2020

Es una pregunta que me ha tomado mucho tiempo poder responder, sin embargo, gracias a mis prácticas clínicas he podido llegar a la conclusión de que las enfermeras no sólo somos el corazón de los hospitales, somos el corazón del sector salud. Y digo que somos el corazón porque, ¿qué pasa cuando el corazón de una persona deja de latir? Deja de estar vivo, de funcionar.

Somos el personal más numeroso en un hospital y nos encargamos de cuidar a los pacientes desde el inicio de nuestro turno hasta en nuestras casas: ideando planes de cuidado para mejorar su calidad de vida. Somos responsables de administrar medicamentos para que pueda haber una mejoría, los acompañamos en procesos difíciles, así sea una simple canalización hasta una operación de 12 horas seguidas. Se podría decir que hasta somos consejeras, porque ser enfermera va más allá de pasar, revisar signos vitales, anotarlos y dar medicamentos. Se trata de dar un cuidado empático y personalizado a los pacientes. Ser ese espacio seguro para que nos puedan decir cómo se sienten con el tratamiento, si sienten mejoría, que nos puedan contar anécdotas. Se trata de ser una persona entregada en cuerpo y alma a el cuidado y mejoría del otro para poder regresarle una calidad de vida adecuada.

Y claro que tienes que estudiar mucho, de eso se trata, de aprender cada día mucho más. Además de que todo lo que estás aprendiendo es necesario para poder darle los cuidados adecuados a un paciente. Honestamente, si me preguntaran si volvería a estudiar enfermería de nuevo, no lo dudaría ni un segundo y diría que sí. Creo que no hay nada más humano que entregarte al cuidado de una persona que no está en las posibilidades de hacerlo.

En una ocasión un paciente me dijo que le encantaba que llegara el turno de la tarde porque llegaba yo a iluminar su día con mi sonrisa, incluso después de eso me comenzó a llamar “sonrisitas”. Todas las tardes llegaba y me decía “Sonrisitas, que gusto que ya estés por acá. Fíjate que ayer cené unos molletes y me que me contaste que de chiquita los comías mucho” y así cambiaba el discurso cada día, hasta que por fin pudo recuperarse e irse de alta. El día que se fue me dijo que nunca iba a olvidar lo amable y atenta que fui con él porque era lo que necesitaba en ese momento que él consideraba había sido el más difícil de toda su vida. Ahí me di cuenta, que son las pequeñas acciones las que hacen grandes diferencias en la vida de las personas. Muchas veces no necesitas medicamentos para aliviar el dolor del alma, sólo necesitas ser empática y darle un cachito de tu corazón a cada paciente que te encuentras. Pienso que ellos ya están pasando un mal momento estando hospitalizados y que yo con mi amabilidad les puedo hacer mucho más llevadera su estancia. Hay que recordar que son personas, no enfermedades, ni tratamiento, ni investigaciones. Son personas con mucho dolor físico y emocional y siempre podemos brindarles un poco más.

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