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Ubi spiritus libertas

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Escrito por Rocío Gómez Ruiz
en noviembre 27, 2019

Entre mis amigos de maestría, el papel (siendo honestos la utilidad) de las humanidades en la sociedad contemporánea era tema frecuente de conversación. La mayoría de los miembros de mi comunidad de posgrado eran estudiantes de humanidades.  Entre ellos se desataban las discusiones más aguerridas sobre los beneficios (o falta de) de estudiar a Tucídides en un mundo de lenguaje Python y tecnología CRISPR. Una de estas se dio después de una conferencia en la que una ex-alumna de la universidad, encargada del cabildeo político en Google/X.Development, nos imploró dejar de lado nuestros oscuros e inútiles intereses y abrazar el machine learning antes de que fuera demasiado tarde, so pena de quedarnos sin empleo. Mis compañeros de banca y yo pronto expresamos nuestro desacuerdo en susurros despectivos: al contrario, nos decíamos, las humanidades son más importantes que nunca frente al advenimiento de la inteligencia artificial.

 

La discusión sobre la tarea de las humanidades frente al desarrollo tecnológico suele girar en torno a posibles peligros: adicción y dependencia, abuso de datos, automatización de sistemas de armas... Parecería que a las humanidades les toca interpretar el papel de Casandra, la profetisa maldita: advertir sin ser escuchadas y presenciar sin poder intervenir, todo desde la torre de marfil de la academia. Al filósofo le encanta declarar que sus intereses son vitales frente a los problemas del panorama actual. El avance de la inteligencia artificial genera preguntas sobre lo que significa ser humano y existir en este mundo: el filósofo se ha enfrentado a estas cuestiones por siglos (“a nadie le importa”, responde el ingeniero).Lo que queda menos claro, particularmente a los mismos filósofos, es cómo exactamente se inserta el conocimiento filosófico en conversaciones urgentes sobre aprendizaje automatizado y desarrollo tecnológico. 

 

Esta semana, me llamó la atención un artículo publicado en Quartz que propone una respuesta interesante. El autor, Tobias Rees, encabeza un programa dentro del think tank estadounidense Berggruen Institute que tiene como propósito instalar grupos de filósofos y artistas dentro compañías de tecnología como Google. La idea es que humanistas e ingenieros trabajen juntos para reconfigurar la manera en la que entendemos la biotecnología y el machine learning: como áreas de experimentación filosófica en las que se explora y redefine el ser humano y su relación con el mundo.  El proyecto es ambicioso y su acercamiento interdisciplinar atinado. Sugiere algo que muchos filósofos sospechan: hay que sacar a la filosofía de la universidad para incidir en la conversación pública de manera significativa.

 

Aún así tampoco correría a desacreditar por completo la ‘utilidad’ de la labor académica de las humanidades frente a las interrogantes tecnológicas actuales. La difusión es importante. Es fundamental que los filósofos se entrenen para compartir sus ideas y habilidades fuera de los confines de la universidad: en revistas y libros de difusión, videos de Youtube, podcasts, talleres y clases a no-filósofos. El lenguaje lleno de tecnicismos y gimnasia lingüística de algunas publicaciones académicas dañan a la disciplina. La obsesión con problemas ininteligibles e inconsecuentes, también. No obstante, el ejercicio académico de la filosofía dentro de la universidad es el pilar y punto de referencia de toda actividad filosófica fuera de ella. Si observamos con consternación cómo Facebook, Amazon o Tik-Tok invaden nuestra privacidad y queremos solucionarlo con ‘ética’, no podemos pretender que la ética es un paquete de reglas algorítmicas que podemos distribuir entre las grandes compañías y ya está. Alguien que diseña programas de ética para estas compañías parte de la investigación que se hace alrededor de la ética del Big Data y la privacidad.


Parte de la tarea del filósofo frente al panorama actual es utilizar su entrenamiento y habilidades para abordar  los nuevos problemas que sugieren sus circunstancias dentro de su ambiente natural: la investigación académica. Por una parte esto implica educarse en el uso y contexto de las  tecnologías que informan nuestras preocupaciones morales, políticas y sociales. Por otro lado, el filósofo del siglo XXI se enfrenta a las demandas de sus circunstancias con el respaldo de más de dos milenios de investigación filosófica. Poder abordar nuestras preocupaciones a partir de esta tradición es una ventaja. Bernard Williams señala que las demandas que hace el mundo moderno al pensamiento filosófico  no tienen precedente (Williams escribía en la década de los ochenta), no obstante, recurrir al pensamiento de filósofos que nos precedieron puede ayudarnos a enfrentarlas. Después de todo, a pesar del cambio en nuestras circunstancias materiales y sociales, las preguntas son las mismas: ¿qué significa ser humano? ¿Qué puedo conocer y esperar de este mundo? ¿Cómo debo vivir mi vida?

Plan de estudios Filosofía UP

 

  1 Bernard Williams, Ethics and the Limits of Philosophy (London: Fontana, 1985).p.2

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