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Escrito por Dr. Gabriel Pliego
en octubre 28, 2020

La transición de los discos de vinilo a los casetes, entre la década de los años setenta y ochenta, precedió al sonido digital en los discos compactos a finales de los ochenta y principios de los noventa. La propagación de la World Wide Web y la creación del formato mp3 permitieron los primeros intercambios de canciones en Internet, a través del servicio de Napster en 1999, el cual no pudo aguantar los embates de las demandas de las grandes corporaciones discográficas hasta que Steve Jobs las convenció, en 2002, de que ya no había vuelta atrás: había que aceptar y negociar con la música en la red. Pero lo anterior no era suficiente, lo óptimo sería permitir que la música fluyera continuamente sin depender de un dispositivo de almacenamiento específico, con gastos fijos mensuales por parte del escucha, para tener acceso a toda la música que se deseara, lo cual dio lugar al streaming, abanderado por Spotify a partir de 2008.

      Los sectores de la industria de la música que supieron adaptarse y sumarse a estas transformaciones no solo sobrevivieron, sino que crecieron exitosamente. Los que no comprendieron el cambio, se quedaron atrás hasta que desaparecieron.

      Pensábamos que ya eran demasiados cambios, que el futuro era incierto… y entonces llegó la pandemia.

     Uno iba a un concierto, pagaba su boleto y se sentaba donde le correspondía. Ahora, las orquestas trabajan con instrumentaciones muy reducidas, sin público, transmitiendo en alguna plataforma de streaming; otras están sobreviviendo por la magnífica documentación audiovisual de sus mejores conciertos que se transmiten en servicios de paga o, en muchas ocasiones, gratuitamente para mantener a los fans cerca. Claro, mientras Spotify ha crecido un 31% respecto al mismo período de hace un año.[1]

      La educación musical, igualmente, se transforma y reinventa. El Zoom, que hace unos meses era casi desconocido, ahora es asunto de juego para cualquier niño de primero de primaria que estudia violín o guitarra a distancia. La utilización de los programas de grabación y video ya parecen un lenguaje común entre educandos y educadores. La exactitud rítmica, afinación y hasta la expresión musical pueden ser documentadas a través de un micrófono, detalles que las plataformas de videoconferencias todavía no los permiten; asunto pendiente para las grandes compañías de tecnología.

     Ya no penamos que “cuando termine la cuarentena haremos tal proyecto”, “cuando se encuentre la cura organizaremos el concierto”, “cuando regresemos a la normalidad nos reuniremos a tocar”. Seguimos enseñando y haciendo música con lo que tenemos a la mano.

      Lo real y lo común que ha exacerbado la crisis sanitaria es la necesidad de desarrollar una capacidad de adaptación a un cambio constante en un ambiente de profunda incertidumbre. No es suficiente enseñar y esperar de los educandos que toquen afinados, a tempo y expresivamente. Los educadores musicales debemos preparar a los futuros músicos en la resiliencia de un mundo en constante transformación, con nuevos y enormes retos.

     Educar en estos tiempos no puede implicar simplemente enseñar lo mismo, y de la misma manera, a través de una pantalla. Las metodologías, los contenidos e incluso los objetivos deben ser adaptados. La pantalla es solo una herramienta —irremplazable por el momento— que nos debe ayudar a transmitir nuevos conocimientos y habilidades.

       Vivimos en los paradigmas que el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman denominaba “sociedad moderna líquida”, donde “las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en unas rutinas determinadas”, y donde “cada vez resulta más difícil realizar cálculos fidedignos y los pronósticos infalibles son ya inimaginables”.[2]

     No hay que perder la esperanza de que podremos regresar a sentarnos en una hermosa sala de conciertos, completamente llena, y disfrutar de aquellos grandes maestros que nos inspiraron a seguir la vocación del músico profesional. Pero la industria musical y la educación, definitivamente, ya no serán lo mismo.

   Demasiados cambios, excesivamente rápidos y en un estado constante de incertidumbre son parte de la realidad de hoy. Sin embargo, es fundamental para la educación actual —como lo ha sido a lo largo de toda la historia— considerar que en el centro de la educación se encuentran las personas. Y eso, no debe, no puede cambiar.

      Detrás de una pantalla hay un niño, un joven, un adulto que también tienen retos, problemas, ilusiones, familia; que tienen la mirada y el corazón en el presente, pero tienen la esperanza anclada en un futuro mejor.

      Los formatos de grabación y reproducción musical podrán cambiar al igual que los modelos de conciertos y los métodos de enseñanza, pero lo fundamental debe permanecer inamovible: hacemos música porque nos conmueve y para las personas que nos escuchan, enseñamos a unos estudiantes, aunque sea a través de la pantalla, para ayudarlos a soñar, a crecer, a ser mejores.

     Está en nosotros, músicos y educadores, ofrecer un asidero estable, esperanzador y fructífero dentro de esta sociedad pandémica y líquida.


El Dr. Gabriel Pliego es Director de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Panamericana.

El cambio es la constante lo fundamental permaneceDr. Gabriel Pliego

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[1] Financial Times. “Coronavirus economic impact; Prospering in the pandemic: the top 100 companies.” 19 de junio, 2020.

[2] Zygmunt Bauman, Vida líquida. Barcelona: Paidós, 2006, p. 9.

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